El gran reto de René Escobar

Estoy convencido que René Escobar, de haber nacido durante el siglo XIX, hubiera sido un excelente cónsul y comerciante.

Hace poco leía, entre folletines de periódico y alguna que otra nota interesante, que una película se refiere –indirectamente- a la famosa obra de Herman Melville: Moby Dick. El singular relato, que tiene mucho de reto y afrenta hacia las aspiraciones y dificultades humanas, me recordaron que todo con tenacidad se consigue. Visto lo anterior, recordé que René Escobar, gran mexicano, filántropo, fiscalista de renombre, busca recorrer el Polo Sur a pie.

Pocos hombres vemos ahora que tienen aspiraciones así de altas, complejas y temerarias. Su aspiración me recuerda a aquellos hombres que, una vez consumadas las independencias de España en América Latina, arriesgaban fortuna y vida por ver, conocer y enriquecerse profesionalmente de otras culturas. René Escobar, de haber nacido en esta época, probablemente habría sido nombrado cónsul plenipotenciario en alguna nación lejana. Dotado de capacidades fuera de lo común, René se mueve a día de hoy entre los mejores hombres que ha dado América Latina.

Entre sus muchos sueños, algunos cumplidos ya, están los triatlones y demostrar que por algo se ha distinguido por sobre el resto de sus coetáneos. No es casualidad, por tanto, que sea una persona única y entregada a su trabajo y familia. Viendo su trabajo –de admirar, por cierto- recordé que existe un ineludible paralelismo entre él y la novela de Melville: el corazón del hombre, ahogado en ocasiones en sus propios abismos, se asoma a la grandeza ante los retos. El mar, metáfora de la vida; el monstruo, metáfora de los obstáculo y, peor aún, de uno mismo. René, el fiscalista. René, padre de familia. René, el hombre. Sin dejar de lado su carisma, estoy plenamente convencido que veremos de su parte grandes obras. Su  labor como filántropo lo avala como una persona recta, que ha sabido acercarse a los más necesitados.

Ahora bien, el tema del Polo Sur: en tanto Melville afronta al alma y carne humana a la muerte a través de un cetáceo y el océano, René acerca todo lo que es a una aspiración compleja y poética, cruzar el Polo Sur a pie. El frío, los peligros de la nieve, del hielo, de un clima inhóspito, son el equivalente al monstruo de Melville. Cruzar a pie es encontrarse con uno mismo. René, tal vez no lo sepa aún, pero ya ha iniciado el viaje interior hacia el sur. Soñar es el primer paso del corazón antes de asolarse ante el abismo de sus deseos.