Algunos trucos para préstamos en internet

¿Nunca te conté cómo formé mi imperio de negocios con algunos trucos para préstamos en internet? Está bien, te lo contaré. Lo primero que hice fue crear una idea única y estable, que cualquiera pudiera comprender lo mínimo, pero lo suficientemente difícil para que alguien la cuestionara. Intenté con mi perro, lo convencí. Al menos eso pensé todo el tiempo que con sus profundos ojos cafés me miraba entretenido con la lengua fuera del hocico. Después le conté mi idea a mi hermana mayor, economista. Me miró circunspecta, con interés, admiración e incluso miedo. Seguro se preguntaba cómo un joven como yo había ideado semejante cosa. Aunque me hizo varias preguntas de origen técnico, yo iba preparado ante todo. Durante meses estuve estudiando terminología de finanzas, economía, derecho e incluso de marketing, para que todo encajara en su sitio y nadie me sorprendiera. Siempre podía echar mano de la gran verborrea con que cuento desde que nací. De niño recuerdo que podía contarle a todos mis amigos cuentos, ellos fijaban su vista en mis manos mientras imaginaban historias de barcos y piratas fantasmas o de grandes cocodrilos que bailaban a la luz de la luna mientras alguna luciérnaga iluminaba sus pasos. Incluso llegué a contarles sobre cómo una noche gitana algún astro se había cansado de esperar y se había descolgado a algún garito del Mar de la Plata. Cuando fui adolescente estudiaba poco, pero aprendía mucho. Resolvía exámenes a la perfección, sabía responder a los profesores y las chicas se acercaban a mí tratando de adivinar cómo aquel chico tímido, desgarbado y con aire a nostalgia podía ser tan locuaz. Sí, tuve parejas, pero ninguna de importancia. A mí siempre me gustó hablar, decir algo, aunque fuera algo que yo supiera falso. Dicho lo anterior encajaba perfecto en una empresa o gobierno. Primero trabajé para el gobierno, decían que podía ser el perfecto candidato a alguna diputación o senaduría, todo porque hablaba y hablaba sin parar y sin sentido, prometiendo –si quería– cosas que no iba a cumplir, cosas que nadie entendía, cosas que eran demagogia pura. El problema vino cuando superé a los candidatos oficiales, y los hijos de familia ponían trabas a mi ascenso. Entonces decidí dejar el gobierno, no sin antes haber ganado una curul y haber dado discursos larguísimos, con la pasión de un enamorado. Recuerdo que los legisladores aplaudían y comentaban que yo era de esos nacionalistas que el país necesita. Finalmente renuncié y decidí emprender un negocio por mí mismo. Uno en el que nadie me entendiera, pero a la vez comprara la idea por cómo la decía o lo que ofrecía. Un magnate de los bancos me escuchó una tarde, durante una cena de negocios. Le encantó mi discurso y decidió apoyarme en mi negocio. Él no sospechaba en lo más mínimo que yo tampoco sabía de qué le hablaba. Con el paso de los días me fueron dando apoyo los bancos, organizaciones y hasta medianas empresas. Para cuando tuve mucho capital y ellos no veían resultados, decidí crear esta realidad artificial desde la que tú estás leyendo esto, desde la que hablo yo. Para que tú leas detenidamente esto, ya sabes, me gusta hablar. Para que encuentres en mis palabras oasis y futuro, esas ideas progresistas que tu cabeza debe tener para salir adelante, pues yo te prometo que con este proyecto impulsarás a los últimos humanos que quedamos vivos después de la última gran extinción que comenzó el día en que yo fundé esta realidad artificial. Todos los humanos se han convertido en sombras u ecos, sigo tratando de saber qué hice mal.